Neurología

Las redes sociales y la neurobiología

 

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Si en 1346 el mundo hubiese estado tan conectado de forma tan inmediata durante la Peste negra, probablemente las medidas adoptadas en algunos lugares hubieran evitado la muerte de miles de personas. En el 2020, la pandemia causada por el COVID-19 ha tenido una peculiaridad: el fácil acceso a toda la información mundial y al estado epidemiológico de cada país, cada ciudad y cada continente gracias a las facilidades de comunicación con las que contamos.

En España, el uso de internet se disparó por el Teletrabajo (que ha venido para quedarse), el confinamiento y el uso de las redes sociales. Se dice que la media del uso de las redes sociales aumentó en la población de 13 horas a la semana a 75. En los niños y adolescentes aumentó de 37 minutos al día a 83 minutos. En el 2016, Macarena Sánchez Rojas, Experta en neurociencias, investigó que en 1 minuto se compartían 277.000 tweets en el mundo, durante el confinamiento en los meses de marzo y abril se han llegado a compartir hasta 300 millones de Tweets al mes.

En cuanto a edades, los adolescentes pasan más tiempo frente a las pantallas que los adultos mayores, sus redes favoritas son Instagram seguida de Tik Tok, red exitosa por su contenido de videos cortos y divertidos.

Sin embargo, ¿qué pasa a nivel cerebral cuando sobrecargamos toda esa información a nivel neuronal?

En primer lugar, intervienen varios procesos que involucran varias áreas cerebrales; precisamos de atención, percepción, motivación. Para esto, las redes sociales ofrecen inmediatez, personalización en el contenido y la constante invitación y bombardeo para la interacción constante, con el objetivo que el usuario pase más tiempo frente a la pantalla y así se genere recompensa y satisfacción.  

¿Esto como se traduce? A nivel estructural intervienen diversas áreas cerebrales: la corteza prefrontal dorsolateral, la amígdala, el giro temporal, la corteza asociativa parietal. Se necesitan de ambos hemisferios cerebrales para procesar tanto las emociones (ya sean en positivo como la recompensa, la satisfacción, o negativas como la ansiedad y la depresión), el lenguaje, el área motora para el uso del teclado, el córtex visual para el procesamiento y la conectividad de toda la información recibida.

Quien me lea pensará que, entonces, las redes sociales es un constante estimulante cerebral… Y puede que en parte lo sea, como muchas cosas en la vida: a su justa medida…

Y la medida es la delgada línea roja de lo que puede pasar de ser un entretenimiento a algo más descontrolado. ¿Cuántas veces nos hemos sentado en una terraza y a nuestro alrededor la gente interactúa sin dejar el móvil apartado?

En edades tempranas es fundamental la interacción social de forma directa: los niños necesitan aprender de otros niños, interactuar con sus padres y estimular su neurodesarrollo de una forma sana e interactiva. En la adolescencia surge la necesidad de no cerrar la puerta a la comunicación, ya que es una edad donde los cambios, los círculos sociales pueden influir de una forma marcada en los siguientes años de vida.

A esto le sumamos las diversas alteraciones de sueño y la falta de descanso en todas las edades por el abuso de las pantallas antes de dormir: disminuye los procesos de aprendizaje, de memoria, aumenta la probabilidad de padecer de ansiedad, depresión… Muchos investigadores, como Holden en el 2001 y Sussman en el 2018, coinciden que el sistema dopaminérgico está activado constantemente por gratificaciones, el uso desmedido de estas puede alterar la neurobiología y desencadenar un disbalance entre el circuito de conexiones de Reacción y de Reflexión. Es decir, se puede manifestar una especie de periodo de abstinencia si la necesidad del uso de las redes o del internet se vuelve una adicción, se puede experimentar ansiedad, ira y depresión.

A esto le sumamos lo que invierten los gigantes en internet para inteligencia artificial: para esto se utiliza la llamada teoría de la mente ya descrita por Preonak y Woodruft que atribuía estados mentales para predecir conductas, en este caso para predecir contenido útil o compatible con la persona que está usando las redes para sugerirle contenido, videos, publicidad, productos, etc. Con el fin de incrementar su productividad y beneficio, muchas veces sin el debido filtro, es decir, que mucho contenido que transita en redes puede que no sea cierto o ético.  

¿Puede entonces el uso excesivo de internet modular nuestra plasticidad cerebral? Como lo hemos descrito sí, puede haber alteraciones neuroquímicas que se reflejen fuera de las pantallas: la necesidad de interacciones inmediatas con los demás, el distanciamiento social debido a la gratificación de pasar más tiempo durante la pantalla, trastornos de sueño en niños y adultos por exceso de estímulos antes de dormir y el exceso de luz de las pantallas, emociones como la ansiedad por la necesidad de igualar las vidas tan perfectas que muchas veces nos muestra Instagram o inclusive alteraciones como la dismorfia corporal especialmente  en adolescentes.

Con todo esto no quiero afirmar que algo positivo que puede unirnos, que nos puede facilitar la comunicación sea algo nocivo. Es una pequeña reflexión para que busquemos un balance entre la vida 2.0 y la vida fuera de las pantallas, donde cuidemos nuestra salud mental y la de los nuestros, especialmente la de los niños y los adolescentes, nuestras generaciones futuras.

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